lunes, 29 de junio de 2026

Arte

 Arte y política

La exhibición del Juramento de los Horacios,
de Jacques Louis David, en la Francia pre-revolucionaria,
se interpretó en clave política:
Una llamada al compromiso patriótico contra la tiranía.
Posteriormente el pintor fue el preferido
 para la Revolución y el Imperio.
Qué sea el arte se trata en otro blog.

No tratamos aquí de la política como arte (se define así en la entrada "ciencia y política"), sino de la relación entre las artes plásticas o visuales (pintura, escultura y arquitectura) y la política. La relación con otras artes, como la música o la literatura (poesía, teatro, novela...) o con lo que genéricamente se llama "cultura" y el papel político de los intelectuales tienen cada una de ellas su entrada propia ("música y política", "literatura y política", "cultura y política", "intelectuales y política").

Desde el nacimiento de la historia, el arte "oficial" fue esencialmente una expresión del poder y, a través de éste, una justificación de las clases dominantes (incluso el arte "popular" se veía en gran medida influenciado por éste -Arnold Hauser, Historia social de la literatura y el arte-). El nacimiento de un "mercado de arte" desde finales de la Edad Media, el de las academias en la Edad Moderna, y especialmente la identificación del arte con el artista y la emancipación de ambos en el "arte contemporáneo" ("arte por el arte", "malditismo", "provocación", "vanguardia") significaron transformaciones radicales, e identificaron la "vanguardia" artística con la vanguardia política (David, Courbet, Morris, Picasso -la postura de Goya, utilizado por los cambiantes gobiernos, es más profunda: crítica social y cercanía trágica con los derrotados, como los del Tres de Mayo, que también tienen los románticos franceses Géricault y Delacroix, o los realistas Daumier y Millet-). La revolución soviética y el fascismo se identificaron inicialmente con la vanguardia artística, pero los totalitarismos terminaron por identificarse con el "realismo" y el ''kitsch", al oponerse ideológicamente al "arte degenerado" o "decadente". En las democracias capitalistas se produjo la asimilación del arte más rupturista dentro de las estructuras (la CIA patrocinó el informalismo como una parte de la guerra fría; Rubert de Ventós lo llamó "un arte implicado en la producción"), no sin algún conflicto (Rivera y el mural de Rockefeller).

"Donald Trump quiere establecer un estilo oficial para Estados Unidos e imponer que la arquitectura pública sea neoclásica, en la línea de la Casa Blanca. El Instituto Americano de Arquitectos cuestiona si es democrático."  [ver]


Adolfo Sánchez Vázquez, A tiempo y destiempo-Antología de ensayos, 2025: La distinción izquierda-derecha en el arte (pg. 372-374) ... puede hablarse de un arte conservador, académico -aunque esto sea una contradicción en los términos-, y de un arte revolucionario, innovador, verdaderamente creador, pero los conceptos "conservador" y "revolucionario" no tienen aquí el mismo significado que en política. No hay que confundir el llamado arte revolucionario, o de la revolución, con la revolución en el arte... como decía Gramsci, el arte puede ser política pero a condición de que lo sea como arte.

Arte español para extranjeros (Abrantes y otros, Nerea, 2016): El término barroco se utiliza para definir el arte y la cultura occidentales del siglo XVII y parte del XVIII. Es un movimiento artístico que nace en Roma y que se extiende por toda Europa, coincidiendo con la afirmación de las distintas nacionalidades, adaptándose a las peculiaridades de cada país. Así, el Barroco en Italia y los países católicos es un arte conservador, al servicio de la Iglesia y de los reyes, mientras que en los países protestantes tiene un sentido más cívico y progresista.

Enrique Azcoaga, La responsabilidad del artista actual, El Español, 5 de octubre de 1946 (recopilado en La crítica de arte en España, Itsmo, 2004): ... el arte, como las sociedades capitalistas presentes, está dividido en dos grandes y generalizados bandos: conservadores y revolucionarios. ... los revolucionarios, al "veteranizarse" se convierten en... lo "anticonservador"... Los conservadores artísticos definen el arte como un trasunto de la realidad, más o menos dignificado por un virtuosismo artesano. ... el arte que llamamos conservador resulta en principio estático... Al reducir la vida a ese resultado fácil de copiar, que es su apariencia, lo único que ejercitan es su mano, su destreza, su oficio, y se llama gran artista conservador aquel que organiza su realidad plástica lo más parecida a la piel externa del mundo y, sobre todo, lo más fiel a sus efectismos, a sus deslumbradores resultados. La inquietud revolucionaria de grandes plásticos dio en pensar que le cuadro o la escultura, de puro serviles, de puro miméticos, interesaban menos que los modelos reales de donde partían. ... del Arte como "representación"... se pasó a otro... proclamador de la libertad expresiva, defensor constante de la imaginación creativa del plástico, propulsor de lo artístico como "pura creación", en vez de como historia resumidora de una realidad concreta. ... A la soberbia inconcebible del "pompier" se repuso poco a poco con la soberbia originalista del "fauve". ... en una se nos cuenta la "bella mentira aparente de las cosas" y en la otra, "la bella mentira de su abstracción". ... Ser revolucionario antes que nada es ser verdadero. No es posible revolucionar nada -calmar la sed de justicia o de plenitud que en la vida y frente al Arte las naturalezas sienten- si decimos estar en posesión de una verdad que no nos posee verdaderamente, si aseguramos que la sed de verdad se sosiega con manantiales falsos, aparentes, superficiales o a lo más de una delicadez excepcional. ... la sed de verdad, que la Naturaleza sirviéndose de la realidad aparente, calma, no se sacia con la unidad artística, cuyo máximo esfuerzo se centra en la amenidad gráfica. Y lo que él [el artista actual] encuentra de elogiable en el "art vivant" sobre el "arte caduco" es una inteligente "sensibilidad" en lo gráfico y en la percepción para sorprender.

Francisca Pérez Carreño, Arte minimal. Objeto y sentido, 2018:  Siguiendo a Bürger en este punto, es preciso distinguir entre dos pretensiones vanguardistas que, a menudo, aparecen unidas: la crítica y la ruptura formales y las sociales. Para Greenberg, como para sus sucesores, ambas van ligadas, pero sólo la primera convierte la acción rupturista en una acción artística. En el ámbito de su autonomía formal sería donde la vanguardia realizaría su labor crítica, incluso revolucionaria. Las rupturas formales son, según el punto de vista vanguardista, capaces de disturbar el modo burgués, convencional y lleno de prejuicios, de percibir y comprender lo real. El artista, dentro de su medio, realiza una ruptura que tiene, que se espera que tenga, consecuencias en el ámbito público. Según Foster y otros teóricos postmodernos, este fue el principal error de la vanguardia, lo que condujo a su fracaso como medio de liberación real de los individuos: asumir acríticamente que cambios en la forma tendrían significado y consecuencias vitales o políticas. Lo auténticamente vanguardista según su concepción consistiría en un antiacademicismo entendido en términos de rechazo de la institución misma, de las convenciones teóricas y prácticas ligadas al mantenimiento de la distancia entre el arte y la sociedad. Es decir, asumir que la actividad artística está sujeta a los mismos centros de dominación que el resto de las actividades sociales, y que su presunta autonomía es en el fondo el modo burgués de heteronomía. De ahí la diferente consideración de la vanguardia para Greenberg, como la cima del proceso de autonomización moderno, y para Foster, y antes Bürger, como la reivindicación de la síntesis entre el arte y la vida y, por tanto, como el rechazo de la autonomía del primero. El respeto de la autonomía artística, concretado en el funcionamiento de las instituciones artísticas, presuntamente autónomas, es el modo principal de la dependencia, real aunque oculta, del arte respecto al poder establecido. En este sentido utiliza Foster el calificativo "antivanguardista" referido a Greenberg, a primera vista un teórico defensor de la vanguardia. El crítico americano es un claro defensor de la autonomía artística y, por lo tanto, de sus instituciones, y en este sentido sería antivanguardista. Por el contrario, el arte minimal recogería el espíritu crítico, antiacadémico y novedoso, que define a la auténtica vanguardia, puesto que Greenberg lo ataca, se coloca inmediatamente del otro lado de la trinchera. Según su apreciación, el arte mminimal, englobado en lo que irónicamente denominaba Novelty Art, sería kitsch, es decir, al contrario de la auténtica vanguardia, conservador y repetitivo. En los años sesenta Greenberg ya no utiliza la expresión de su famoso artículo "Vanguardia y Kitsch", sino una equivalente a lo que en castellano llamaríamos "de gusto pequeño burgués" [middlebrow], es decir, académico y conservador, pero además, con pretensiones estéticas o culturales. Con desprecio, califica al arte minimal de arte conservador "... disfrazado de arte avanzado, innovador"

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