Felicidad / propósito / destino / sentido de la vida / eudaimonía / ataraxia / utilitarismo / Bentham
Somos felices, como individuos o como sociedad, si nos encaminamos hacia nuestro propósito, nuestro destino (para los imperialistas estadounidenses del siglo XIX, su "destino manifiesto"). No si lo alcanzamos. Es la "búsqueda de la felicidad" la que da un sentido a la vida. En realidad, es bastante indiferente qué trascendencia nos orienta, o si está situada en lo inmaterial o lo material; aunque, si se basa en la obtención inmediata de placeres, no puede ser trascendente ("superior a nosotros mismos") y no es plena, no nos llena, no nos satisface; son necesidades que no cesan. Son las expectativas, y no la realidad, las que nos producen la insatisfacción que nos lleva a la búsqueda de lo que no tenemos (y a verlo como algo a lo que tenemos derecho por haberlo perdido injustamente o por sernos debido -nuestra dignidad, que se puede definir como "felicidad objetiva", no tanto porque todos coincidan en qué tiene que consistir, sino porque cada uno cree que son los demás los que se la deben y que deberían saberlo-). La causa o ideal, si se alcanza, poco ideal es. Pero, por otra parte, si nunca se consigue lo que se desea, o no se desea lo conseguido, además de no obtener placer, la felicidad constantemente aplazada es una ilusión que nos mantiene en el engaño (la manipulación religiosa o ideológica). La felicidad (el bienestar) no puede ser un estado permanente (el éxtasis es intempirañ.por definición), y su opuesto (la tristeza, el malestar, el vivir atormentado) tampoco.
https://www.vozpopuli.com/amp/actualidad/arturo-perez-reverte-escritor-y-periodista-la-felicidad-es-una-cosa-de-imbeciles-no-se-puede-ser-inteligente-lucido-y-feliz-al-mismo-tiempo.html
Eva van den Berg, El sentido de la vida existe y no tiene que ver con la charlatanería, El País, https://archive.ph/NBx4P (cita a Wang, Boyle, Erich, Cole, Frankl -El hombre en busca de sentido-, Csikszentmihalyi...)
https://www.eldebate.com/cultura/20230619/jose-antonio-marina-apelar-concepto-derecho-animales-devalua-nocion-derecho_122286_amp.html : "La felicidad es un concepto que se inventa para designar la necesidad de cumplir unos deseos, satisfacer unas expectativas. Lograr cada uno de esos deseos y expectativas produce alegría o placer, pero al mismo tiempo deja un poso de insatisfacción, porque no se agota nuestra capacidad de desear. Es una especie de carrera hacia el horizonte que nunca alcanzamos. Pero la insatisfacción conlleva un aspecto positivo: nos incita a seguir navegando, seguir actuando. De manera que la felicidad es la misma tensión de la acción hacia sus fines. Pero ¿no habrá alguna situación en que por fin nos digamos: «¡Hemos llegado!»? Aristóteles define la felicidad como el fin último, pero ese fin último nadie sabe exactamente dónde está. Es una utopía que nos lleva a la acción, es el hilo dorado del que hablaba Platón y que nos va haciendo buscar mejores soluciones, progresando o equivocándonos. Es una utopía irrealizable, pero de la que no podemos prescindir, porque está en la misma esencia de nuestra acción.
–En el mundo antiguo y medieval no existía ese concepto de utopía, de modo que se asumía que el Cielo estaba en la otra vida. Era una proyección que, por un lado, quitaba el exceso de tensión en esta vida, pero, por otro lado, generaba cierta resignación. La Modernidad, por el contrario, ¿se ha ocupado de buscar la utopía aquí, en esta vida?
–Eran épocas en que había un claro sentimiento religioso que explicaba cómo era la realidad, daba esperanza y ofrecía algún sentido a los sufrimientos de esta vida. En este mundo se proyectaba la Felicidad, con mayúscula, la felicidad total después de esta vida. Pero cuando las religiones pierden vigencia vital, la gente empieza a pensar que postergar todo para la otra vida deja sin alicientes esta vida. Es una especie de psicologización de la felicidad, lo que yo llamo felicidad con minúscula: lograr una vida lo más agradable posible, el mayor bienestar, satisfacer la mayor cantidad de deseos. El mundo hindú y budista había considerado que el paraíso consistía en disolverse en la conciencia trascendental y prescindir de los deseos. Pero nuestra cultura occidental insistía en la satisfacción de los deseos, y como un componente psicológico. Hoy abunda una especie de felicidad de libros de autoayuda. Al romperse con la Felicidad con mayúscula, se pierde una parte importante de nuestra historia que consiste en enlazar la búsqueda privada de felicidad con la búsqueda social de la felicidad a través de la justicia. Al psicologizarse demasiado el concepto de felicidad, se corta ese lazo y nos encontramos con que pierde sentido la idea fundamental de felicidad pública dentro de nuestra estructura política. Surge un individualismo muy egocéntrico: pasarlo lo mejor posible y que el Estado del bienestar sirva únicamente para favorecerme.
–Ahora proliferan los índices de felicidad. Pero sus resultados pueden ser muy contradictorios. Hoy objetivamente vivo mejor que un campesino de hace cincuenta años. Vivimos con mejor salud, mueren menos niños al nacer, fallecen menos mujeres al dar a luz. Sin embargo, la gran esperanza para un campesino hace cincuenta años era que su cosecha le durase hasta el año siguiente, y esa expectativa era mucho más fácil de satisfacer que las expectativas que tenemos ahora. Hoy, como las expectativas son mayores, la posibilidad de quedar decepcionado es mayor también. Hace unos años, en una portada del Newsweek, se leía: «¿Por qué, si estamos tan bien, nos sentimos tan mal?». No reconocer las cosas buenas que tenemos hace que prolifere la insatisfacción, el malestar, la envidia. Para los clásicos griegos, la felicidad era la vida buena, la vida en que usted va a realizar su mejor yo; no se trata de bienestar, se trata de que usted está cumpliendo sus mejores metas, sus mejores fines, está siendo mejor persona, su mejor figura. Había un componente ético fortísimo que se ha perdido por completo. Ahora la idea de la felicidad consiste en pasarlo bien. La felicidad se ha trivializado. Hay una intoxicación por una idea de felicidad muy poco definida, muy pequeñita. La gran creación de la Ilustración era construir la felicidad pública, asegurar que cada persona va a poder tener el campo de juego suficiente para buscar su felicidad. La mayor conquista para la felicidad ha sido el sistema de derechos. Porque un sistema de derechos, un sistema de protección social, de seguridad social, son componentes de la felicidad absolutamente fundamentales. Aristóteles decía que uno de los problemas de la felicidad es que depende de la suerte, y todo el sistema de derechos que estamos construyendo es para intentar que la suerte tenga la menor influencia posible en la vida de las personas."
La felicidad es el propósito, el fin de la política, desde el punto de vista utilitarista (Bentham: la mayor felicidad para el mayor número). Desde el punto de vista hedonista se identifica con el placer; y así lo entiende Adam Smith (Teoría de los sentimientos morales). En la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América (1776) se consideran derechos inalienables e inherentes a la condición igualitaria de los hombres: "vida, libertad y búsqueda de la felicidad". Así entendida, la felicidad no debe garantizarse por el Estado, sino que debe ser permitida en su búsqueda, es decir, no obstaculizada. Pongamos un ejemplo: la alimentación o el sexo proporcionan felicidad (o placer) ¿Debe el estado obligar a los ciudadanos a ser felices, obligándoles a comer lo que más les conviene y forzándoles a prácticas sexuales hasta que obtengan el orgasmo? Obviamente, eso sería una dictadura (podría utilizarse el nombre del "Comité de Salud Pública" de la Francia del Terror -1793-); lo que debe es establecer las condiciones que permitan a los ciudadanos acceder por sí mismos a los alimentos y al sexo a la medida de sus necesidades y deseos, y en razón de las circunstancias. No es tan fácil ¿cómo respondemos a una situación de escasez o de acaparamiento? ¿confiamos en el libre mercado o establecemos el racionamiento? ¿permitimos la sumisión? ¿prohibimos la prostitución?
Escolásticamente se distinguía la felicidad subjetiva y la felicidad objetiva, en ambos casos especulando con la idea del bien (un absoluto, como la idea de la belleza o la idea de la verdad).
En general es la satisfacción o gozo que se experimenta por la posesión del objeto amado. Se divide en felicidad objetiva, que es el mismo bien que nos hace bienaventurados; y subjetiva, que es la posesión de dicho bien, o sea la operación de la criatura racional por medio de la cual descansa plenamente en la posesión de aquel bien. Acerca de la felicidad subjetiva no puede haber dificultad alguna, fuera de las cuestiones teológicas acerca del acto en que consiste la felicidad formal, que también así se llama, y que encierra los tres actos de visión, gozo y amor.
Respecto a la felicidad objetiva, ha habido tal diversidad de opiniones entre los teólogos y filósofos, que según San Agustín, podían contarse más de doscientas ochenta sentencias acerca de este punto, aunque es cierto que todas podían reducirse a pocas. Si se trata de la felicidad sobre-natural, claro es que ésta sólo podía consistir en la unión con Dios, como el objeto esencial de toda felicidad para la criatura racional. Pero los antiguos filósofos no comprendieron esta verdad y divagaron lastimosamente. Si se trata de la felicidad natural o terrena, todas las opiniones podían reducirse a cinco, que son las que la hacían consistir en los deleites, en las riquezas, en el poder, en los honores o en la fama, o sea, la gloria.
Fuera de estos bienes, que sólo merecen este nombre en apariencia, no se halla en la tierra algún otro objeto que pueda causar la felicidad (Diccionario de ciencias eclesiásticas, 1886).
Hay que distinguir entre una felicidad subjetiva y una felicidad objetiva. Aquella es una experiencia personal, ésta es la objetivación de las condiciones que la hacen posible. De aquella se ocupa la psicología. De ésta se ocupa la ética (Jose Antonio Marina, En busca de una definicion de inteligencia).
Más terrenalmente, debiéramos equiparar la felicidad objetiva con la dignidad; puesto que la felicidad puede conseguirse reduciendo al ser humano a condiciones inaceptables (la opresiva sociedad que imagina Aldous Huxley en su distopía Brave New World, que se tradujo al castellano como Un mundo feliz -al francés como Le Meilleur des mondes, al alemán como Schöne neue Welt, o sea, el mejor o bello, respectivamente-). Si imponemos una manera de obtener la felicidad, incluso en el caso de tener éxito (cosa improbable) lo que estaríamos consiguiendo es una sociedad de esclavos felices o de súbditos felices de un déspota ilustrado (el que ha definido esa manera de obtenerla).
Curiosamente, para los griegos, la felicidad estaba en una relación dialéctica con la vida política:
La búsqueda de la felicidad (eudaimonía), que ya movía a los antiguos y era el constitutivo ético final de Sócrates, consistía para los cínicos en la libertad entendida como liberación, como independencia (autarkía). Ésta era la única forma de vida digna del hombre, la única que merecía la pena dado el carácter radicalmente imperfecto de cualquier forma civilizada posible: los logros de la civilización no hacen sino corromper y debilitar al hombre, volviéndolo cada vez más dependiente de lo externo, menos dueño de sí mismo. Si la ciudad era el producto de la necesidad que unos miembros tenían de los otros, porque "el que nada necesita es una fiera o un dios" (Aristóteles, Pol. 1253ª 29), el cínico rompe con la ciudad, se hace "cosmopolita". A Diógenes le gustaba proclamarse: "Sin ciudad, sin hogar, carente de patria, un mendigo y un vagabundo que vive al día" (D.L. 6, 38) y, también, "ciudadano del universo" (D.L. 6, 63). Pero no tanto un ciudadano de no importa qué ciudad, sino en un no-ciudadano, es decir, una vida de exilio sin hogar (D.L. 6, 38). Por eso proponen vivir sin atadura social alguna: la libertad respecto de lo que no es esencial, constituye una condición previa. El cosmopolitismo cínico implica, por tanto, una actitud positiva hacia el mundo natural y sus riquezas como opuestas al mundo de la polis, una actitud positiva hacia el mundo animal. El animal y dios constituían respectivamente el modelo de autosuficiencia e indiferencia y por consiguiente de felicidad. Si los dioses son los que no necesitan nada, los que necesitan muy poco son los que más se les parecerán, y estos son los animales, que tienen pocas necesidades. Sócrates había dicho que "el que está muy cerca de los dioses necesita muy poco" (D.L. 2, 27; Jenofonte, Mem. 1, 6, 10), pero el cínico acentúa más esta diferencia: "Dijo [Diógenes] que la cualidad de los dioses es no necesitar nada, y quienes más se les parecen precisan de muy poco" (D.L. 6, 105). El cinismo invierte totalmente la tradicional jerarquía de los seres, la serie animal-hombre-dios, y la transforma en hombre-animal-dios. Con esta inversión de la jerarquía subrayan, más si cabe, no sólo su no-ciudadanía sino también su posición ante la religión. (Filósofos disidentes, El humor en la Antigua Grecia - El cinismo o la transmutación de los valores)
Si mi felicidad supone obligar a otro que no sea yo a que haga algo (sea por mi bien, o sea por el suyo), tal cosa no es una felicidad que yo legítimamente deba esperar que se me proporcione por la comunidad política; ahora bien, no debe impedírseme a mí hacer algo que me proporciona felicidad (porque yo lo juzgo mi bien, incluso aunque otros no lo juzguen así). Si en ese acto causo daño a otros, entonces el conflicto ha de superarse mediante la regulación de la convivencia, si ese daño causado supone a esos otros una pérdida de felicidad que legítimamente debían esperar que se les proporcionara por la comunidad política. Puestos en términos grupales: establecidas agrupaciones por afinidad en la búsqueda de felicidad (partidos políticos que canalizan demandas sociales contrapuestas), se establece un sistema político que evite que el enfrentamiento político degenere en guerra civil. La superioridad de la democracia sobre el totalitarismo es precisamente que no proporciona a nadie la felicidad total, sino que mantiene a todos parcialmente insatisfechos. El totalitarismo pretende conseguir la perfección, la felicidad total (siguiendo la idea de bien, belleza y verdad un líder que se identifica con la nación y el Estado).
Los sueños y las urnas Una sociedad es democráticamente madura cuando ha asimilado la experiencia de que la política es siempre decepcionante. La política es inseparable de la disposición al compromiso y de la frustración DANIEL INNERARITY 29/10/2011
El tanto por ciento JORGE EDWARDS 27/10/2011
Véase también Voluntad-Deseo, Ideología, Estado-Estado del bienestar, Sentimiento, Colaboración-Hedonismo, Filosofia y politica, Valores, Prudencia-frónesis, Conflicto-placer, Liberalismo
Escolásticamente se distinguía la felicidad subjetiva y la felicidad objetiva, en ambos casos especulando con la idea del bien (un absoluto, como la idea de la belleza o la idea de la verdad).
En general es la satisfacción o gozo que se experimenta por la posesión del objeto amado. Se divide en felicidad objetiva, que es el mismo bien que nos hace bienaventurados; y subjetiva, que es la posesión de dicho bien, o sea la operación de la criatura racional por medio de la cual descansa plenamente en la posesión de aquel bien. Acerca de la felicidad subjetiva no puede haber dificultad alguna, fuera de las cuestiones teológicas acerca del acto en que consiste la felicidad formal, que también así se llama, y que encierra los tres actos de visión, gozo y amor.
Respecto a la felicidad objetiva, ha habido tal diversidad de opiniones entre los teólogos y filósofos, que según San Agustín, podían contarse más de doscientas ochenta sentencias acerca de este punto, aunque es cierto que todas podían reducirse a pocas. Si se trata de la felicidad sobre-natural, claro es que ésta sólo podía consistir en la unión con Dios, como el objeto esencial de toda felicidad para la criatura racional. Pero los antiguos filósofos no comprendieron esta verdad y divagaron lastimosamente. Si se trata de la felicidad natural o terrena, todas las opiniones podían reducirse a cinco, que son las que la hacían consistir en los deleites, en las riquezas, en el poder, en los honores o en la fama, o sea, la gloria.
Fuera de estos bienes, que sólo merecen este nombre en apariencia, no se halla en la tierra algún otro objeto que pueda causar la felicidad (Diccionario de ciencias eclesiásticas, 1886).
Hay que distinguir entre una felicidad subjetiva y una felicidad objetiva. Aquella es una experiencia personal, ésta es la objetivación de las condiciones que la hacen posible. De aquella se ocupa la psicología. De ésta se ocupa la ética (Jose Antonio Marina, En busca de una definicion de inteligencia).
Más terrenalmente, debiéramos equiparar la felicidad objetiva con la dignidad; puesto que la felicidad puede conseguirse reduciendo al ser humano a condiciones inaceptables (la opresiva sociedad que imagina Aldous Huxley en su distopía Brave New World, que se tradujo al castellano como Un mundo feliz -al francés como Le Meilleur des mondes, al alemán como Schöne neue Welt, o sea, el mejor o bello, respectivamente-). Si imponemos una manera de obtener la felicidad, incluso en el caso de tener éxito (cosa improbable) lo que estaríamos consiguiendo es una sociedad de esclavos felices o de súbditos felices de un déspota ilustrado (el que ha definido esa manera de obtenerla).
Curiosamente, para los griegos, la felicidad estaba en una relación dialéctica con la vida política:
La búsqueda de la felicidad (eudaimonía), que ya movía a los antiguos y era el constitutivo ético final de Sócrates, consistía para los cínicos en la libertad entendida como liberación, como independencia (autarkía). Ésta era la única forma de vida digna del hombre, la única que merecía la pena dado el carácter radicalmente imperfecto de cualquier forma civilizada posible: los logros de la civilización no hacen sino corromper y debilitar al hombre, volviéndolo cada vez más dependiente de lo externo, menos dueño de sí mismo. Si la ciudad era el producto de la necesidad que unos miembros tenían de los otros, porque "el que nada necesita es una fiera o un dios" (Aristóteles, Pol. 1253ª 29), el cínico rompe con la ciudad, se hace "cosmopolita". A Diógenes le gustaba proclamarse: "Sin ciudad, sin hogar, carente de patria, un mendigo y un vagabundo que vive al día" (D.L. 6, 38) y, también, "ciudadano del universo" (D.L. 6, 63). Pero no tanto un ciudadano de no importa qué ciudad, sino en un no-ciudadano, es decir, una vida de exilio sin hogar (D.L. 6, 38). Por eso proponen vivir sin atadura social alguna: la libertad respecto de lo que no es esencial, constituye una condición previa. El cosmopolitismo cínico implica, por tanto, una actitud positiva hacia el mundo natural y sus riquezas como opuestas al mundo de la polis, una actitud positiva hacia el mundo animal. El animal y dios constituían respectivamente el modelo de autosuficiencia e indiferencia y por consiguiente de felicidad. Si los dioses son los que no necesitan nada, los que necesitan muy poco son los que más se les parecerán, y estos son los animales, que tienen pocas necesidades. Sócrates había dicho que "el que está muy cerca de los dioses necesita muy poco" (D.L. 2, 27; Jenofonte, Mem. 1, 6, 10), pero el cínico acentúa más esta diferencia: "Dijo [Diógenes] que la cualidad de los dioses es no necesitar nada, y quienes más se les parecen precisan de muy poco" (D.L. 6, 105). El cinismo invierte totalmente la tradicional jerarquía de los seres, la serie animal-hombre-dios, y la transforma en hombre-animal-dios. Con esta inversión de la jerarquía subrayan, más si cabe, no sólo su no-ciudadanía sino también su posición ante la religión. (Filósofos disidentes, El humor en la Antigua Grecia - El cinismo o la transmutación de los valores)
Si mi felicidad supone obligar a otro que no sea yo a que haga algo (sea por mi bien, o sea por el suyo), tal cosa no es una felicidad que yo legítimamente deba esperar que se me proporcione por la comunidad política; ahora bien, no debe impedírseme a mí hacer algo que me proporciona felicidad (porque yo lo juzgo mi bien, incluso aunque otros no lo juzguen así). Si en ese acto causo daño a otros, entonces el conflicto ha de superarse mediante la regulación de la convivencia, si ese daño causado supone a esos otros una pérdida de felicidad que legítimamente debían esperar que se les proporcionara por la comunidad política. Puestos en términos grupales: establecidas agrupaciones por afinidad en la búsqueda de felicidad (partidos políticos que canalizan demandas sociales contrapuestas), se establece un sistema político que evite que el enfrentamiento político degenere en guerra civil. La superioridad de la democracia sobre el totalitarismo es precisamente que no proporciona a nadie la felicidad total, sino que mantiene a todos parcialmente insatisfechos. El totalitarismo pretende conseguir la perfección, la felicidad total (siguiendo la idea de bien, belleza y verdad un líder que se identifica con la nación y el Estado).
Los sueños y las urnas Una sociedad es democráticamente madura cuando ha asimilado la experiencia de que la política es siempre decepcionante. La política es inseparable de la disposición al compromiso y de la frustración DANIEL INNERARITY 29/10/2011
El tanto por ciento JORGE EDWARDS 27/10/2011
Véase también Voluntad-Deseo, Ideología, Estado-Estado del bienestar, Sentimiento, Colaboración-Hedonismo, Filosofia y politica, Valores, Prudencia-frónesis, Conflicto-placer, Liberalismo
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