viernes, 10 de junio de 2022

Pronombres personales

 Identidad / Identitario / Alteridad / Egoísmo / Altruismo / Prójimo / Próximo / Ajeno / Yo / Tú / Él / Nosotros / Vosotros / Ellos / Xenofobia / Filoxenia / Endofobia / Interseccionalidad


Yo sé quién soy, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías. (Don Quijote de la Mancha, I-5, 1605)

Lo trágico de este caballero universal es que, a pesar de lo que piense, lo que sienta o lo que desee, su identidad no depende solo de él mismo, no se construye a solas, por autodeterminación. Como le había recordado su interlocutor, es un constructo social:

Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana. (Íbidem)

Por cierto, este personaje, que recoge al maltrecho Don Quijote y lo lleva de vuelta a su casa se parece mucho al buen samaritano del Evangelio: ¿Quién ... se portó como prójimo...? El que tuvo compasión... Ve y haz tú lo mismo (Lucas 10:30-37 -el comienzo, en la versión que publica la web del Vaticano; la última frase, en la traducción de Reina-Valera).



                                  Imagen: Elaboración propia


Es problemático para la convivencia social en el espacio público que el cauce para participar se reduzca a lo que en Estados Unidos se ha conformado como identity politics (incluyendo complejidades como la interseccionalidad) y que en Francia denuncian como separatisme, disolvente de los valores republicanos (Liberté, Egalité, Fraternité).


L'enfer, c'est les autres (Jean Paul Sartre, Huis clos, 1944)


¡Los nuestros a casa, los vuestros al hoyo! (simpatizantes de los presos de ETA, dirigiéndose a los familiares de los muertos por ETA, a finales de 2013, en el contexto de las excarcelaciones por aplicación de la sentencia de Estrasburgo sobre la Doctirna Parot, citado en Carlos Boyero, Mataderos). Recuérdese que Themis (diosa de la justicia) es "la que pone las cosas en su sitio".
[Dignidad es lo que se nos debe por ser quienes somos - ver Nación-]

But just remember this: You're stronger, you're smarter, you've got more going than anybody. And they try and demean everybody having to do with us. And you're the real people, you're the people that built this nation. You're not the people that tore down our nation. (Discurso de Donald Trump a los manifestantes de entre los que minutos después salieron los que asaltaron el Congreso, 6 de enero de 2021)
Fuente: El País, 25 de mayo de 2018

El humano es un ser social que vive en el seno de toda clase de colectivos (naciones, religiones, clubs). Todo humano tiene una identidad individual irrepetible y una o varias identidades colectivas. La cohesión interna fortalece la identidad del grupo pero cuestiona la identidad individual. En un extremo está el totalitarismo, que impone una identidad colectiva que ahoga y humilla a la del individuo. En el otro extremo está la marginación, que desorienta al humano hasta convertirlo en un ser asocial. Quizá sea esta la cuestión fundamental de la sociología: una especie de ley de la oferta y la demanda entre las libertades individuales y las restricciones colectivas. (...) La novedad teórica está ahora no únicamente en el hecho de que en el exterior de un colectivo están el resto de los colectivos (otras naciones, otras religiones, otros clubs), sino que en el exterior de un individuo están también el resto de los individuos de un mismo colectivo (compatriotas, correligionarios, consocios). Esta complejísima y delicadísima cuestión está quizá en la base de la historia de la infamia humana. ¿Cuáles son los buenos argumentos que recomiendan la creación y perseverancia de un colectivo humano? ¿Cuáles son en cambio sus trampas y sus trucos? (...) trucos crípticos, de banderas aposemáticas y de fantasías miméticas. Existen dos clases de argumentos (y también de trampas): los que apelan a un pasado compartido (tradición, historia) y los que aspiran a compartir un futuro (proyecto, expectativas). Una ballena azul de 200 toneladas se parece más por dentro que por fuera a una musaraña de 2 gramos porque ambas criaturas comparten un pasado de mamíferos (homología); sin embargo, una ballena se parece más por fuera que por dentro al mayor de los tiburones, solo diez veces menor, porque ambos aspiran a un proyecto común: vivir en el océano (convergencia).  (Jorge Wagensberg, Comer y no ser comido, El Periódico, 13 de diciembre del 2013)

La tendencia espontánea no es a la fraternidad, sino al conflicto y al rechazo, en una palabra, a la xenofobia. Lo explicó Claude Lévi-Strauss. La noción de humanidad, englobando sin distinción de raza o de civilización a todas las formas de la especie humana, es de aparición muy tardía y de expansión limitada. Pero para amplios sectores de la especie humana y a lo largo de milenios, esta noción se encuentra totalmente ausente. La humanidad se detiene en los confines de la tribu, del grupo lingüístico, a veces incluso del pueblo; hasta tal punto que gran número de las poblaciones llamadas primitivas se autodesignan con un nombre que significa "los hombres" —o a veces, con más discreción, "los buenos", "los excelentes", "los completos"—, implicando así que los demás grupos, tribus o pueblos no participan de las virtudes y ni siquiera de la naturaleza humana, estando compuestos de "malos", de "malvados", de "monos de tierra" o de "huevos de piojo". Lo natural en la historia humana es, pues, el rechazo radical del otro, asumiendo la distinción que sobre una base biológica transfiriera Giddings a la sociología entre los conceptos de in-group y out-group. "Los pájaros del mismo plumaje forman bandada", citaba como ejemplo, haciendo suyo un proverbio que se encuentra en distintos refraneros. "Uduriak udurieki", "Los semejantes con los semejantes", se dice en el País Vasco para trazar la barrera de la identidad, que una vez definida se traduce en impulso de confrontación con quienes proceden del mundo exterior. A la concepción biológica de la identidad, como ocurriera entre nosotros con la limpieza de sangre bajo el Antiguo Régimen o en Alemania con el racismo, corresponde inevitablemente la tendencia a un rechazo visceral del otro: "Arrotz erri, otso erri", país extraño, país de lobos, propone hacia 1800 el cura casticista Juan Antonio Moguel sobre el telón de fondo de la apología del vasco cristiano y puro de sangre, y de la condena del francés revolucionario. (Antonio Elorza, Filoxenia, Letras Libres, 31 octubre 2002)

... el hecho diferencial no otorgaría ninguna preponderancia a ninguno de los dos elementos relacionados, simplemente los caracterizaría como distintos. A no ser, claro está,  que no se estuviera tratando de establecer –subliminalmente por supuesto-  una relación, no ya diferencial, sino de superioridad. Si A es distinto y mejor que B, B ya no podría ser distinto y mejor que A. La relación de “superioridad” no goza de la propiedad simétrica.
De ahí se deriva el hecho de que en el plano político  se hable de asimetría; unos, más y mejores que otros. Aunque los juicios y opiniones se cobijen al abrigo del término  “distintos” en realidad se trata de evidenciar  la superioridad de unos con respecto a los demás.
El hecho diferencial como “meme” impactante, parte de otro supuesto, uniforma al resto de España: todo lo que no es catalán es homogéneo. Al igual que hace con lo catalán: todos los catalanes son iguales. Nada más falso en todas sus suposiciones. En Cataluña no existe esa forma de ser homogéneamente monolítica como al igual que ocurre en el resto de España.
No se es mejor por ser catalán, madrileño, valenciano o de cualquier otro lugar, en todo caso sería en atención a la singularidad de cada persona, nunca en atención a su procedencia.
La libertad, implica, entre otras consideraciones, ausencia de vasallaje en atención a la simple cuna, quien se contempla a sí mismo como superior en función a su lugar de nacimiento –un simple accidente coyuntural- lo único que manifiesta es su pobre concepción de la naturaleza humana. Se muestra como el retrato más mediocre de su singularidad. Es, en función de su pertenencia; si no, en su singularidad, no es nadie (Santiago Ávila, El álgebra y el hecho diferencial catalán).
Tampoco los historiadores [pueden saltarse las leyes de la termodinámica]. Incluso cuando sostienen, como Josep Fontana en una entrevista reciente, que una manifestación de hace un par de años está en el origen de su reciente libro sobre una identidad colectiva, la catalana, que, según él, se remonta a varios siglos atrás. Una identidad que contrapone a la española. Así, a lo grande. La contraposición la juzga tan rotunda y de principio que, como si hiciera suya la versión más radical de la endeble tesis de Sapir-Wolf, se ha negado a traducir su libro al castellano porque “quería explicar cosas a gente que tiene la misma cultura, que ha tenido las mismas experiencias, que se ha encontrado con los mismos problemas y con la que tenemos una visión del mundo compartida, que es lo que acaba fabricando toda esta identidad”. Para aclarar el sentido de sus palabras precisa: “He escrito este libro pensando en lectores catalanes. Si he de hacer los mismos razonamientos a lectores castellanos, lo tendría que reescribir completamente. Y no sé si vale la pena el esfuerzo”. (Félix Ovejero, La Historia contra la termodinámica - La tentación de explicar las cosas recurriendo a entes esenciales a los que se atribuyen intenciones, voluntad, aspiraciones e identidad colectiva tiene consecuencias desastrosas. Entre ellas, la pérdida del sentido común, El País, 5/01/2015)


Las democracias modernas viven en una constante crisis existencial entre identidad y pluralismo. En ellas, el voto, y en realidad cualquier acto de participación política, es al mismo tiempo individual y colectivo: queremos expresar nuestras preferencias, deseos, quejas y anhelos, pero sabemos que no tienen sentido si no lo hacemos en conjunto con otros. Y esta agregación funciona particularmente bien cuando no se basa tan solo en la expresión de intereses concretos, en qué queremos, sino que se remonta al quiénes somos.
Así, la aspiración lógica de cualquier partido es que se le asocie con el mínimo común denominador identitario. Que, en un mundo hecho de Estados-nación, suele coincidir con la propia identidad nacional. ¿Pero qué sucede cuando se trata de un país como el nuestro, que contiene más de una aspiración de pertenencia?
Aquí hay dos alternativas. Podría ser que uno o varios partidos logren construir una identidad plural, y que en ella basen su acogida y éxito electoral. Pero este equilibrio se antoja precario: los incentivos para que al menos uno de los dos lados se sienta tentado de sembrar la división son muy altos. Al fin y al cabo, con la estrategia del unitarismo identitario, que también podríamos llamar de “un solo pueblo”, uno puede soñar con mayorías casi permanentes.
Evidentemente, cuando uno de los lados se decide definitivamente por el unitarismo, la estrategia lógica para el rival es hacer exactamente lo mismo. De esta manera se pasa al otro tipo de equilibrio, uno basado en un conflicto nacional identitario, mal disimulado tras una contradicción: ambos frentes se atribuirán la capacidad de incluir a todos bajo una misma bandera, pero ambos también definirán al otro como enemigo.
Resulta difícil deshacer este camino una vez se emprende, porque los partidos responsables logran maximizar su porción del pastel electoral. El pluralismo, eso sí, sale perdiendo. La democracia está llena de estos ejemplos, en los que lo que es bueno para una parte perjudica al propio funcionamiento del sistema. Pero este, sin duda, se cuenta entre los más peligrosos. (Jorge Galindo, Democracia e identidad, El País, 25 de mayo de 2018)

Las identidades existen porque quienes comparten una siempre observan en el otro aquellos males que niegan para sí mismos... Teniendo en cuenta que nadie puede sustraerse a la existencia de identidades (tampoco quienes hacen de su rechazo a las identidades la base de su propia identidad), siempre debe existir algún otro ajeno que impide su plena realización. La lógica funciona sobre esta contradicción: no puedo lograr ser del todo porque el otro me lo impide, pero precisamente porque el otro me impide ser yo existo. En este juego de espejos las identidades operan y funcionan porque nunca son del todo capaces de hacer realidad su anhelo y propósito, de lo contrario, si desaparece aquello a lo que se enfrenta acaba desapareciendo la propia identidad; soy porque no puedo ser. Así pues, para que una identidad exista siempre debe ser pospuesta, irrealizable e impedida por culpa de un otro que lo dificulta. Paradójicamente, el mejor desarrollo que puede tener una identidad es su desaparición y esto sucede cuando desaparece aquello que la construye y la dota de sentido: a través del otro me expreso, sin el otro no soy nadie. (Jorge Moruno Danzi, La España de Girauta, Público, 25 de mayo de 2018).

... si aquí [en España] no hay apenas xenofobia es porque tenemos casi toda nuestra capacidad fóbica invertida y concentrada en la endofobia. Es decir, en el temor y el odio dirigidos no contra presuntos enemigos externos... sino contra nuestros enemigos íntimos... nuestro sectarismo tiende a ser cainita, pues sentimos más aversión por los otros españoles que por los extraños que nos parecen más respetables. La razón de este vicio adquirido es por supuesto histórica, como ya señaló Ortega. Desde hace trescientos años, cuando acabó la Guerra de Sucesión, España dejó de tomar parte en las contiendas internacionales que dividieron el territorio continental, dando lugar en cada país a una sólida identidad nacional edificada contra la de sus vecinos europeos: ingleses contra franceses, estos contra alemanes, etc. De ahí la citada xenofobia populista o ultranacionalista. Mientras que al quedarse al margen de las guerras europeas, los españoles no supieron construir su propia identidad nacional. Antes al contrario, en ausencia de animadversión contra el exterior, se dedicaron a enfrentarse en cruentas guerras civiles... para alimentar así una resentida hostilidad contra los demás componentes de la comunidad española. Es la memoria histórica de factura guerracivilista heredada del pasado, que continúa realimentando hoy las culturas políticas fracturadas en compartimentos estancos que se disputan el control o el desguace del estado español. De ahí la endofobia citada: el clima de hostilidad despiadada contra el odioso enemigo interior. (Enrique Gil Calbo, Endofobia, El País, 14 de mayo de 2014).

Si los viejos partidos se derrumban y nuevas formaciones sin tradición surgen de la nada; si los tiranos pueden ser elegidos una y otra vez por la mayoría; si la riqueza se redistribuye a la inversa, ¿qué es lo que mueve a la gente? La respuesta es simple: la ideología combinada con las políticas de la identidad. Francis Fukuyama, en Identidad, su último libro, apunta a la abrumadora influencia de las políticas de identidad, y no solo en las tiranías. Estas políticas (en plural) difieren mucho unas de otras, dependiendo de la clase de “identidad” en la que se fundamenten. (Agnes Heller, Por qué Hungría se rinde a Orban -ver en Iliberal-).

En cualquier época de la historia, esa etapa [la adolescencia] tiene un denominador común y es la construcción de una identidad propia, identidad que se compone de metas, valores y creencias. El adolescente es más influenciable que el adulto o el niño, en tanto que se encuentra en la búsqueda de integración y aceptación social. El psicólogo Solomon Asch, en su experimento titulado Qué línea era igual a otra, demostró que las personas cambiaban sus respuestas según se encontraban en un grupo o a solas. Los resultados de este experimento demostraron cómo la opinión grupal influye en el sujeto hasta cambiarla, aunque esta sea equivocada. Sabemos la importancia que cobra en la vida del adolescente el grupo y por qué se comporta de manera diferente cuando está en casa o con sus amigos. ... Hay un elemento que contribuye de forma poderosa a la tendencia de los jóvenes por las redes sociales y tiene que ver con la “percepción de control” al ser ellos quienes deciden a quién siguen y a quién no, los temas que prefieren, los canales… Esta libertad de elección contribuye de forma determinante a la construcción de su autoestima, en una etapa donde esta se convierte en la piedra angular que sujeta toda la estructura de personalidad. En el ejercicio de esta libertad de elección hay una profunda satisfacción derivada de la percepción de control mientras simultáneamente exploran acerca de sí mismos, quiénes son y en quién quieren convertirse. (Olga Carmona, Por qué tus hijos aman a los ‘youtubers’, El País, 5 de febrero de 2021)

El final de una civilización es la pérdida de identidad del sujeto, el hombre sin rumbo, sin pasión, con una vida de apatía y desdén por lo propio al ni siquiera saber qué es. Una identidad desdibujada por el fomento del desprecio a lo sagrado, al amor romántico, a la familia, a la patria y a todo lo que pertenece mientras se azuza un estado de exaltación sentimental por lo banal, ajeno o cercano, que destruya todo vínculo con tu ser. La identificación se presenta como la deformación de la persona y hace que parezca monstruoso lo más profundamente humano, la conciencia sobre la existencia, lo que te pertenece. La identidad. Como en El extranjero de Albert Camus, el hombre sin identidad es un ser impasible, indolente, absurdo. Quizá sea el estado ideal al que aspiran que lleguemos y así ser más manejables por quienes atacan el identitarismo —que elimina al individuo— confundiéndolo con la identidad, que aporta conciencia y trascendencia al ser. Todos nos hemos sentido en algún momento así, como el extranjero, y estamos expuestos a ser extranjeros de nosotros mismos, a que nos arrebaten todo asidero moral y cultural para luego condenarnos sin piedad por no llorar lo que nos instigaron a sentir como extraño. Como le sucede al protagonista de la novela al no llorar la muerte de su madre. Son tiempos de confusión y contradicciones en España para quienes ponen en el mismo plano despreciable los identitarismos de género, los nacionalismos periféricos y el patriotismo español. Siempre pareció que detestaban todo vínculo de identidad con la nación, pero derrochan una sobreactuada sentimentalización sobre otras formas de pertenencia identitaria, como a Europa, a la que tratan como su nación verdadera, y a Dinamarca, como una nación superior a España. Estos nacionalistas daneses de nuestro entorno que, despojados de racionalidad, desdeñan la identidad española aunque no la europea de las Instituciones de Bruselas, vagan ya con sus contradicciones en este fin de ciclo como el ser absurdo sin identidad de Camus. Existe una identidad española majestuosa atrapada por los traumas sociales de las distintas generaciones a causa del nacionalismo periférico durante el siglo XX. Lo que ha llevado a que una parte de la sociedad sumida en el error cuya conciencia ha crecido con las taras del odio, desprecie el sentimiento de pertenencia a la nación a España sin ser capaces de entender que el nacionalismo es el enemigo del patriotismo, como ha señalado el escritor José María Marco. Los nacionalismos periféricos se basan en una nación que no existe —a diferencia de España, lo que no le perdonan— y sólo pretenden crear la suya propia para poder adosarle un Estado del que vivir. Porque sin la corrupción no se puede entender nada de lo que produce el nacionalismo periférico en España hasta el último de nuestros días. (Irene González En defensa de la identidad - Un nacionalista o un tirano pretende servirse de la nación y un patriota servirla y preservarla. El primer requisito de un buen gobernante es el patriotismo, Vozpopuli, 25/04/2022)


DERECHO AL NOMBRE
Todo el mundo tiene derecho a un nombre, y arrebatárselo, sustituirlo por un número, por un pseudónimo humillante o por otro nombre impuesto, supone uno de los primeros pasos básicos de la deshumanización. La historia nos ha dejado ejemplos terribles de esta práctica, desde los tratantes de esclavos hasta los campos de concentración nazis, una de las primeras acciones que se tomaban para empezar a quitárselo todo a cada nuda vida que iba a parar a aquellos lugares de explotación y muerte era la sustitución o la erradicación de los nombres. Imponer un nombre por la fuerza es una forma de intentar poseer y disciplinar a alguien por el hecho de existir, un modo de extraer de la vida pública a otra persona o de usarla a conveniencia de quien lo hace. Si tu nombre no te pertenece, entonces no te pertenece nada. Hace apenas una semana, el psicólogo Jordan B. Peterson afirmaba en Twitter que prefería morir antes que llamar al actor Elliot Page por su nombre. En su pataleta, por supuesto, utilizaba el deadname del actor. El término deadname, cuya traducción aproximada al castellano sería necronombre, se refiere al nombre que las personas trans abandonamos cuando salimos del armario y cambiamos nuestra situación pública. No parece muy complicado de entender que haya quien necesite nombrarse de otra forma cuando reclama su propia vida por encima de las imposiciones que se nos hacen por nacimiento. Una “es” en sociedad, entre otras cosas, porque puede ser nombrada. (Alana Portero, Smoda-El País, 8/07/2022) [En realidad, Peterson no escribió "que prefería morir antes que llamar al actor Elliot Page por su nombre", sino “¿Recuerdan cuando el orgullo era un pecado? Y Ellen Page ha perdido sus senos a manos de un médico criminal” -22 de junio de 2022-; Twitter le suspendió la cuenta, y lo que dijo Peterson fue “la suspensión no se levantará a menos que borre el ‘odioso tuit’ en cuestión, pero preferiría morir antes que hacer eso”. Fuente: arciprensa, que cita un vídeo de Peterson en The Wire, 1 de julio de 2022]

Paradójicamente (o quizás más bien, sintomáticamente), a medida que nos vamos pareciendo cada vez más los unos a los otros, con más ruido y furia, como diría Faulkner, defendemos las pequeñas diferencias que aún nos separan. La pulsión identitaria es uno de los síntomas distintivos de nuestra sociedad moderna. Ya no somos individuos: somos, ante todo, miembros de algún colectivo (o de varios), que agrupa a personas con gustos sexuales semejantes, ideas políticas afines o intereses intelectuales parecidos. El problema a la hora de hacer política territorial, y aquí está la clave del asunto que nos ocupa, es que los rasgos que tradicionalmente han conformado la identidad cultural de las diferentes comarcas, comunidades o regiones de España han ido dejando de tener la relevancia que tuvieron en el pasado, como consecuencia de la irrupción de la modernidad y la globalización, y sobre todo, de una realidad líquida en la que las identidades cambian constantemente y se eligen al arbitrio de los deseos y los sentimientos del individuo, que son intrínsecamente mudables. Y así, en un territorio en el que ahora conviven gentes con diferentes (y camaleónicas) identidades sexuales, culinarias o religiosas, la lengua aparece como el único elemento capaz de vertebrar la maltrecha identidad colectiva, la única tabla de salvación a la que aferrarse para poder reivindicarse como “diferente” al vecino y en último término, poder jugar en la Primera División de la política nacional. (Las lenguas y el “hecho diferencial” -  Antonio Benítez Burraco, Catedrático de Lingüística General, señala que "todos somos diferentes lingüísticamente, por lo que, en principio, todos estaríamos igual de legitimados para hacer uso de ese argumento espurio del hecho diferencial", La Razón, 5 de agosto de 2023)

Juan Soto Ivars (entrevistado en Onda Cero por la próxima aparición de su libro en marzo de 2024) argumenta que la identificación con un colectivo nos libra de la responsabilidad personal al convencernos de ser víctimas de "los otros", que son los responsables de nuestros problemas. El siglo XXI habría intensificado estos procesos de identidad (nacionales, religiosos, de género), ante la evidencia de que no se ha producido el final de la historia pronosticado por Fukuyama. La corrección política, la censura y la inquisición de las "palabras prohibidas" es la nueva norma, en perjuicio de la libertad de expresión. Los discursos victimistas buscan y obtienen reacciones polarizadas.

Véase también Igualdad, Libertad, Educación y política, Sociedad-Grupo, Interés, Deporte y política, Patria, Nacionalismo, Guerra-Enemigo, Fraternidad-Solidaridad, Caridad, Conspiración-Chivo expiatorio, Psicología y política

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